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¿QUÉ PODEMOS APRENDER Y APROVECHAR DE LOS DESCUBRIMIENTOS DE LAS NEUROCIENCIAS PARA EL DERECHO PENAL Y DISCIPLINARIO?

  • Foto del escritor: Carlos Arturo Gomez Pavajeau
    Carlos Arturo Gomez Pavajeau
  • 21 may
  • 13 min de lectura

Por Carlos Arturo Gómez Pavajeau


La libertad y la conciencia son temas de primera línea cuando se trata de estudiar al ser humano. Son la esencia y la fundamentalidad de la reflexión filosófica desde la antigüedad, pero hoy desde la antropología filosófica como reflexión filosófica de lo que es el hombre desde la perspectiva de las diferentes ciencias que lo estudian, y, sobre todo, de lo que podríamos llamar la neuroantropología filosófica.  


En magistral escrito, el filósofo Emilio Lledó otorga muy sabiamente a los libros el camino de la libertad, tanto individual como en sociedad. Entre ambos escenarios existe un diálogo: en el primero, consigo mismo, y en el otro, con los demás.  

 

Toma de Platón, el diálogo del Teeteto, aquella bella expresión según la cual “el pensamiento es un diálogo del alma consigo misma”. Por ello, afirma Lledó, “las letras no van a responder sino desde el diálogo que, a partir de ellas, establezcamos con nosotros mismos”; pero, por otro lado, los símbolos de las palabras son “símbolos siempre partidos que, lanzados al aire, quieren ser completados en el oído amigo que los atiende”, un carácter simbólico que “reclama siempre ser completado por el intérprete”.

 

El diálogo consigo mismo es hoy un reto para la ciencia, muy a pesar de que, de antaño, todos lo sabemos como cierto por ser una experiencia subjetiva. Hace parte de lo que denominamos qualia como característica propiamente humana, ausente en las máquinas, hasta el punto que para muchos determina la existencia de conciencia en un mínimo grado. Ello, muy a pesar de que en algunos casos clínicos el cuerpo en su totalidad se encontraría desconectado de las funciones psicológicas superiores, tal como sucedería en el síndrome de enclaustramiento, como resulta ser el caso recreado en la película La escafandra y la mariposa, donde está presente e íntegro el llamado “pensamiento abstracto complejo”.

 

Renombrado neurocientífico teórico y experimental afirma, con pruebas acreditadas, que “el rasgo más notable de la inteligencia humana es la capacidad de hacer analogías y hacer diversos usos de las cosas, de desarrollar el sentido común y tener infinidad de maneras posibles de encarar y resolver problemas”. Lo cual puede verse reflejado en múltiples actividades humanas como verdad de Perogrullo, como resulta paradigmática en las ciencias y la literatura en general.

 

Los libros, especialmente del poeta, conllevan necesariamente a la libertad. No sujetos a los moldes del lenguaje estricto ni a la lógica estrujadora del pensamiento, como tampoco a las condiciones de tiempo, modo y lugar, representan muy bien lo que comúnmente se llaman “licencias poéticas”. Ello es asunto de doble vía: de quien crea el mensaje y lo emite, como de quien lo recibe y lo interpreta.

 

El conocido psicólogo Julián Jaynes, muy convincentemente, da cuenta que, con la lectura de los poemas homéricos, se describe el paso de la mente con forma impersonal del sujeto dentro del grupo, mismo éste que era lo importante y lo identitario en cuanto poseía una mente bicameral donde en una de ellas hablaban los dioses, a una dada por la individualidad y la razón donde el yo habla consigo mismo y, por supuesto, ya no direcciona causalmente o providencialmente al comportamiento humano la voluntad de los dioses, sino del individuo, lo cual origina la conciencia humana como la conocemos. Todo lo cual fue propiciado por la emergencia del lenguaje y la posibilidad de interactuar, con uno mismo, a través de dicha capacidad y habilidad específicamente humana, lo cual respaldan los paleoantropólogos. En fin, las palabras forjan nuestra personalidad.


No sumamos con una interpretación adicional y complementaria en el marco del mismo proceso, pues creemos que las licencias que los poetas admiten en su creativo trabajo de arte espiritual y místico ponen de presente una liberación, diríamos que sublimada, de la causalidad natural y, en cierta forma, también de la lógica que paulatinamente iba naciendo. La licencia poética desborda la cuadratura de la causalidad y perfección de la racionalidad que encarna la lógica, dando admisión a sucesos no regidos por leyes de causa y efecto, como también la descripción o narración de procesos que violan los principios de contradicción, identidad, tercero excluido y razón suficiente.

 

Modernamente se acepta que el lenguaje es una característica del ser humano liberado del determinismo. Para Fuster, “la palabra rige el comportamiento de las células cerebrales, no al revés". Así lo confirma Pinker, experto en el tema, al señalar de manera contundente que “el determinismo lingüístico es falso".

 

El prestigioso neurocientífico David Bueno i Torrens ha sido claro, a partir de sus investigaciones, en afirmar que no se puede poner en duda que existen en el funcionamiento y fisiología cerebral procesos deterministas. No obstante, también es cierto que esos procesos hacen parte de lo que se conoce como funcionamiento de sistemas complejos, a partir de los cuales, sin aparente causalidad, surgen propiedades emergentes como se plantea respecto de la consciencia y la libertad humana. Lo que resulta de particular significación cuando se trata del lenguaje simbólico, el cual descansa en la habilidad y capacidad humana para la creatividad, de tal manera que “la selección natural ha favorecido las variantes génicas que han permitido de manera más efectiva un margen de control mental suficientemente amplio para permitir los pensamientos innovadores”. Todo lo cual se constituye en la base de la evolución cultural y científica de la civilización humana, propiedades emergentes que se encuentran muy seguramente detrás de nuestra libertad.


Por ejemplo, la “neotenia”, la capacidad de retener como adultos características de nuestra niñez y adolescencia como resulta respecto de la curiosidad investigativa, son con el pilar de “explorar el entorno con mirada innovadora”, uno de los “fundamentos de la libertad de pensamiento”. Siendo el lenguaje una exigencia que presupone una mente mucho más compleja, habida cuenta que “cuantos más grados de intencionalidad introduzca, más capacidad creativa debe tener la mente” en cuanto creatividad y libertad de pensamiento marchan paralelamente. Por lo que “también es necesario disponer de un espacio de libertad dentro de los mecanismos cerebrales”, en lo cual cumple el lenguaje un papel significativo en la planeación y visión de futuro, en fin de la libertad de pensamiento, facilitando así la creación de estructuras sociales muy complejas.

 

Recientemente así se está acreditando, respecto de la aparición de la moral, con aspectos de la evolución producto del estudio con primates como nuestros parientes más cercanos y niños en fenómenos descubiertos que le dan basamento evolutivo como son la preocupación por el bienestar del socio, la intencionalidad conjunta, la estructura del nivel dual de la agencia conjunta, los ideales del trol colaborativo y la equivalencia yo-otro, todo lo cual recibe el nombre de “moralidad de segunda persona", reconocimientos hoy presentes en la explicación de la evolución humana. Muy especialmente como ello está conectado lenguaje-moral –“instintos”- a través de gramáticas universales que obran como una plataforma cerebral previa a la cultura, que se desarrolla particularmente en cada cultura como obra un hardware sobre el sofware. Donde en pequeños grupos las normas que gobiernan la relaciones sociales, la colaboración, la retribución y las jerarquías en torno a un individuo de referencia son de naturaleza moral y en gran medidas implícitas, requiriéndose las leyes explícitas en grupos humanos más numerosos. Lo que recuerda el paso de la ética de la virtud a la ética de los deberes en paso del Estado-Ciudad de la antigua Grecia al Imperio. El lenguaje resulta ser un ejemplo paradigmático de la superación de la pura causalidad natural. Ya no fundada en la selección genética, o en los espermatozoides, o en lo sexual, sino en lo grupal; compuesto por el poder de la comunicación y la transmisión de la información. Lo que implica cooperación, solidaridad y altruismo entre individuos, que no se imponen entre sí, sino entre grupos donde triunfan los más cohesionados.


Lledó es claro en que la libertad “crea y forja el mundo de la cultura”. A su vez, la cultura retroalimenta la libertad; en interacción recíproca se fortalecen y se autosustentan. Permiten poner a raya “comportamientos mecánicos, en respuestas monocordes donde predominan prejuicios, grumos mentales, y todo ese aparato de reflejos condicionados que determinados poderes políticos y económicos, los medios de información, la ‘mala educación’ [que] son capaces de engendrar”. Por ello, “más que en un mundo de cosas, nacemos en un mundo de significaciones”, el lenguaje facilita “una continua revisión lingüística de nuestro bagaje intelectual” y, sobre todo, “los libros recogen la vida singular de quien con letras supera la desaparición del aire semántico que condiciona y define el carácter efímero del existir”. Todo lo cual pone de presente la creatividad, innovación, mutación y no sometimiento a la causalidad, lo cual ha sido acreditado por los neurocientíficos.”

 

La neurociencia ha pasado de ser una disciplina que ha impuesto la interdisciplinariedad y transita hacia la transdisciplinariedad, para convertirse en una metaciencia o metadisciplina.

 

Los neurocientíficos respaldan la importancia de la cultura y el lenguaje en la construcción de la libertad humana, lo que revela la verdad y clarividencia de las palabras de Lledó cuando afirma que la escritura, desde Homero, “alarga en el pasado nuestra vida, prolonga nuestras experiencias, ilustra nuestras percepciones, eterniza nuestros deseos, al conectarnos con otras vidas que, al revivir en nuestra mente, adquieren una forma de inagotable perennidad” . Todo lo cual es producto del “amor al pensamiento y a sus palabras” en el “diálogo que alumbra nuestra mente”, bello y majestuoso ejercicio de libertad poética y realidad mágica cultural de la existencia de la libertad empírica o voluntad de decisión y elección.


Los descubrimientos de sus investigadores, validos de la tecnología de punta más sorprendente y jamás advertida por el común de las personas (por más entusiastas del futuro que fueran, pero sí por los escritores de ciencia ficción), informan y explican científicamente, de manera concreta y específica, muchas intuiciones o conocimientos empíricamente captados a través de la causalidad general en el curso de la historia de la civilización, pero nunca de cara a la causalidad específica; lo cual ya hoy es posible en innumerables campos del conocimiento. No es menos cierto, igualmente, que la paleoantropología ha dado cuenta de muchas de las características esenciales del ser humano -respeto, cooperación, tolerancia, diversidad, originalidad y cuidado del planeta- en una paciente y sistemática investigación, por lo que, en concepto de Juan Luis Arsuaga, hay que insistir en las aspiraciones y metas de la ilustración.

 

Se discuten sus resultados en temas tan gruesos y nucleares como los experimentos que conllevan a cuestionar la libertad de la voluntad humana en su versión del libre albedrío metafísico, fundamento mismo del Derecho Penal y del concepto de libertad moral en otros tiempos; temas abordados por nuestros estudios anteriores en los cuales tomamos partido por la existencia de una libertad de la voluntad en términos empíricos y no metafísicos, lo cual hoy puede recibir un apoyo en otro campo definitorio para el entendimiento del ser humano y su especificidad en el ámbito biológico de las diferentes especies, como lo es el descubrimiento de ciertas neuronas que se encuentran en el hipocampo -parte del cerebro donde se ubican, en mayor medida, los focos de epilepsia en quienes padecen tal enfermedad- , cuyos estudios experimentales, por medio de la colocación de electrodos específicos en grupos de neuronas, permitieron identificar lo que en el argot popular de la divulgación de los descubrimientos se llamó la “neurona de Jennifer Aniston”, toda vez que, al paciente en quien se llevaban a cabo las pruebas de activación cerebral necesaria para localizar focalmente el sitio donde se desencadenaban las crisis epilépticas, le fueron detectadas una neurona o grupo de neuronas que se disparaban al reconocer la imagen del personaje mencionado. No ya solo a partir de los detalles de su físico, pues se activaban ante diferentes fotografías en diferentes posiciones, sino también al leer su nombre y al escuchar el nombre a través de una voz sintetizada en el computador.

 

Al no responder a las minucias, se concluyó que tales neuronas basan su actividad en conceptos o principios más allá de los detalles, con alcances de abstracción. Esto ratifica muy bien lo que ya se tenía acreditado respecto de la percepción, donde lo realmente captado a partir de los estímulos del mundo exterior es cercano al 10% de lo representado; el resto es una construcción cerebral a partir de inferencias producto de la experiencia del sujeto. Así, algo similar sucede respecto de la evocación de la memoria: como en la percepción, no se centra en los detalles, sino en lo que resulta esencial para el conocimiento, como son los conceptos y los principios abstractos. A partir de ellos, el recuerdo no es una fotografía o una estática de lo que se almacenó y consolidó en la memoria a largo plazo, sino algo dinámico y cambiable, al que se le renueva la vida a partir de cada evocación. Utiliza lo abstraído para, a través de inferencias, reflejar el recuerdo no en términos de detalles, toda vez que sería imposible almacenarlos dada la altísima capacidad requerida para ello, lo cual haría perder eficacia a la funcionalidad cerebral, toda vez que precisamente los casos de memorias privilegiadas al extremo de recordar todos los detalles resultan patológicas desde el punto de vista neurológico, haciendo disfuncionales –“Funes el memorioso” del cuento de Borges- a quienes las padecen, pues la memoria más que capacidad de recordar es la habilidad de olvidar aquello circunscrito al detalle y codificarlo de manera conceptual o principia listamente.

 

Pero muy importante, además, es que si se asociaba o relacionaba a otras personas o cosas con el concepto o el principio, muy rápidamente también se activaban las mismas neuronas ; lo que quiere decir que las asociaciones se constituyen en mecanismo definitorio de la memoria. Lo anterior devela que es el concepto abstraído el que funge como mecanismo de la evocación efectiva y eficiente de la memoria, y no los detalles. Se produce, dice Quian Quiroga, el descubridor de las neuronas de conceptos, una “explosión combinatoria: cada concepto da lugar a una variación de conceptos más específicos; cada uno de estos, a su vez, se divide en otros tantos, y así sucesivamente”. El área de la corteza cerebral conocida como “zona de asociación” permite y facilita la integración de unos conceptos con otros, ampliando la capacidad de conocimiento y creatividad humanas. Pone en contacto las percepciones y los estímulos con aquellos, pero también con los recuerdos del pasado y las simulaciones del presente, con lo proveniente exclusivamente de la llamada “cosecha del cerebro”. En fin, procesando aquello que resulta ser esencial y abstracto para el pensamiento humano, lo que se ha denominado el “sistema humano principal”, que da cuenta de un cerebro “consciente y simbólico”.


El funcionamiento sistemático, jerárquico y recursivo de esta zona cerebral es lo que muestra la gran diferencia con otros cerebros animales. Somos capaces, por la última atribución citada, de introducir unas ideas en otras, organizarlas sistemática y jerárquicamente, abriendo las puertas de nuestra gran memoria operativa. Esta es muy especialmente utilizada en el lenguaje humano y sus características maravillosas, puesto que hablamos interiormente con nosotros mismos y nos escuchamos; pensamos mediante el lenguaje habla subvocálica, a través de lo cual se crean los conceptos y las ideas con características de suma abstracción y elaboración.


Este tipo de neuronas parece ser exclusivo de la especie humana, muy a pesar de la utilización de muchas especies de animales en experimentos similares incluidos los más cercanos a nuestra especie, pero hasta el momento no se han detectado las neuronas conceptuales en ellos; neuronas a través de las cuales se llega a la “codificación de conceptos” y “codificación de asociaciones". Si ello es así, indudablemente, las neuronas conceptuales cumplen un papel significativo y determinante en la evocación de los recuerdos y en la operatividad de la memoria, pues ante un estímulo, dado el estado, permanente de latencia de la memoria, Inconscientemente, “una red de memoria se reaviva cuando se recupera por el recuerdo o el conocimiento: un estímulo o un grupo de estímulos, cuya representación cortical se ha convertido en parte de la red, reactivará esta representación y, por asociación, el resto de esa red. Ni siquiera es necesario que los estímulos activadores ni la memoria activa sean plenamente conscientes” Actualmente, con el "big bang" de los descubrimientos de la neurociencia, su sustantividad se le antepone a múltiples disciplinas, entre muchas, a la filosofía y se habla, así, de neurofilosofía.

 

Pues bien, una prueba irrefutable de que ello es correcto, surge de las llamadas neuronas de conceptos, pues la filosofía del conocimiento parte de los mismos principios; podría decirse que los de ésta son los de la neurociencia en cuanto a tales aspectos[1], coincidencias que resultan pasmosas para quien las compare sin mayor detenimiento como se extrae de una de las disertaciones de uno de sus más legítimos y grandes exponentes, como lo fue Ortega y Gasset.


Para el connotado filósofo español, con una formación extensa y vasta en la antigüedad griega y en las letras alemanas muy especialmente cultor de la antropología filosófica y el neokantismo con su teoría de los valores, el ser humano, a partir de la percepción en todas sus expresiones, extrae de las cosas aquello que les resulta un denominador común. A partir de estos elementos, comparando varias observaciones, por un proceso de abstracción, va formando los conceptos, axiomas y teoremas principales a los que llama “términos”. Pues en ello, lo que resulta esencial se encuentra identificado en cuanto se trata de lo que de ella se dice, o logos en griego, que refiere a lo que se dice de algo relacionado con el conocimiento y la razón; lo que se ha extractado para una definición, de lo cual surge la idea de que “el concepto es pensamiento acuñado”. Por lo cual, “nuestra mente abstrae” de lo visto uno o varios elementos que hacen parte de lo intuido: “extrae los elementos fijados dejando el resto”, con lo cual forma los conceptos. Ese extracto mental es el “logos griego”, la “dicción” de lo que de la cosa se dice, juntando lo que resulta compatible entre sí en un proceso posterior a la percepción, de espaldas a ésta, y sucesivamente juntado conceptos que no se contradigan, para a partir de allí formar unidades lógicas de conocimiento, generando una nueva o nuevas unidades conceptuales a partir de “urdir una nueva trama de nuevos conceptos que es precisa y coherente”. Con lo que, a través del pensar lógico, funda una teoría lógica, de tal modo que “el pensamiento lógico, una vez que pre-lógicamente ha extraído de las intuiciones los conceptos que parecen suficientes para el tema de que se trata, se encierra con ellos dentro de sí mismo, y sus enunciados se refieren exclusivamente a esos conceptos, que pasan, por tanto, a ser las cosas de que una teoría lógica habla”, así, “lógico es un modo de pensar en que se atiende exclusivamente a las puras relaciones existentes entre los conceptos como tales conceptos; pero a la vez pretendiendo que lo válido para estos conceptos valga también para las cosas concebidas”, en fin, el concepto es un “extracto de una definición”.

 

El pensar lógico o analítico se origina a partir de principios formados por conceptos o equivalentes, como también a los axiomas, donde el antecedente que funda todo lo siguiente determina los consecuentes, pues aquellos son primero y estos después, ya que lo constitutivo de un principio, concepto o axioma es que de él se “siga algo”, ya sea absoluto o relativo, conectados por un orden considerado lógico formado por un fluir de multiplicidad de proposiciones coordinadas que respetan los principios de no contradicción, identidad y tercero excluido, a lo cual se le sumó más adelante el principio de razón suficiente. Debe existir, en ese orden lógico, como mínimo dos coordinados y que, desde el comienzo mismo, “en él esté ya todo el carácter” que haga que sea así como es, con relación y coherencia entre la cadena de proposiciones, puesto que “lo decisivo de un principio es que tenga consecuencias”, esto es, “que él sea la razón de otra cosa”, habida cuenta que, en dicho sentido, “lo que constituye a un principio no es su verdad propia”, sino “la razón de lo que sigue” para “sacar de ellos sus consecuencias”, en cuanto la pareja “razón y consecuencia” determina la pareja “fundamento y fundado”. (...) Ver más...






   





 
 
 

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